Hoy, víspera de Navidad, se siente obligado
a creer que el espíritu cordial que lo impregna todo podría quizás podría jugar a su favor.
Los ventanales empañados de vaho arropan la confortable atmósfera, bienoliente por
los efluvios de infusiones, confiterías y licores, más acentuados si cabe, en tan
entrañables fiestas, como diría el cursi glosador de la televisión. Fuera se
acerca la noche de Capricornio. El salón está engalanado con discretos y bien
elegidos toques de ambiente navideño, la iluminación es algo más intensa, una
suave y apenas perceptible música evoca el tintín de las campanitas, los
abetos, los muñecos de nieve, el trineo de los renos, los patinadores en las
pistas de hielo, el barbado gordinflón, jo-jo-jóó, en rojo y blanco…, y no
aparece por ningún rincón el temible árbol de navidad; si acaso, alguna flor de
pascua colocada estratégicamente pone su llamarada púrpura en una repisa o en una hornacina. El tópico navideño se manifiesta con elegante delicadeza en todo su trillado
esplendor. No ha sacado el cuadernillo de notas del bolsillo de la trenka, olvidada
sobre la silla cercana, ni lleva periódico con el que ampararse. A esta hora de
incipiente anochecida, se le ha acercado y, risueña, no disimula su sorpresa con
breves frases musitadas en un tono casi confidencial, hola, buenas tardes, me alegro de verlo, ¿qué le pongo a esta hora?.
Lo de siempre, para no variar, ha
respondido él con una mediana sonrisa. Y se siente invadido por una alentadora
calidez cuando descubre que, junto al del café, le ha colocado otro platillo
con dos bombones que parecen dos delicadas joyas.
Ha esperado paciente a que terminara su
turno de la tarde y la ve salir, transfigurada, con chaquetón guateado, gorro atrevido
de lana, bufanda de enrollado multicolor y botitas y guantes rojos. La ha seguido hasta
la parada del autobús y, detrás de ella, le bastaría con tocarla en el hombro
para cerrar este cuento con el desenlace que a cada cual se le ocurra.
Diciembre, 2014
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