domingo, 15 de noviembre de 2015

“Sublime indecisión” (casicuento de Navidad) 
 
Se prendó de ella desde el primer momento en que la vio. Durante meses, lunes, miércoles y viernes, había acudido puntualmente a las nueve y media de la mañana para tomar un café con leche, corto de café en taza grande, acomodado en la mesa del ventanal que se abre a la Plaza del Almirante. Si estaba ocupado su observatorio preferido, ya le daba lo mismo sentarse aquí o allá con tal de que pudiera verla ir y venir por el salón. Disfrutaba con su mirada limpia cuando se le acercaba llevando, sonriente, sobre la bandeja de reluciente alpaca el ritual pedido. Adoraba su tierna figura de adolescente que ha cumplido los treinta, bajo el pulcro uniforme, blanco sobre negro, de camarera de cafetería distinguida en este distinguidísimo barrio, que no era el suyo ni el de ella. Él, entretanto, fingía repasar las acotaciones de su cuaderno de notas o simulaba ojear el periódico. Nunca se había atrevido a insinuarle su embelesamiento por temor a ahuyentarla. Y así, una semana tras otra.
Hoy, víspera de Navidad, se siente obligado a creer que el espíritu cordial que lo impregna todo podría quizás podría jugar a su favor. Los ventanales empañados de vaho arropan la confortable atmósfera, bienoliente por los efluvios de infusiones, confiterías y licores, más acentuados si cabe, en tan entrañables fiestas, como diría el cursi glosador de la televisión. Fuera se acerca la noche de Capricornio. El salón está engalanado con discretos y bien elegidos toques de ambiente navideño, la iluminación es algo más intensa, una suave y apenas perceptible música evoca el tintín de las campanitas, los abetos, los muñecos de nieve, el trineo de los renos, los patinadores en las pistas de hielo, el barbado gordinflón, jo-jo-jóó, en rojo y blanco…, y no aparece por ningún rincón el temible árbol de navidad; si acaso, alguna flor de pascua colocada estratégicamente pone su llamarada púrpura en una repisa o en una hornacina. El tópico navideño se manifiesta con elegante delicadeza en todo su trillado esplendor. No ha sacado el cuadernillo de notas del bolsillo de la trenka, olvidada sobre la silla cercana, ni lleva periódico con el que ampararse. A esta hora de incipiente anochecida, se le ha acercado y, risueña, no disimula su sorpresa con breves frases musitadas en un tono casi confidencial, hola, buenas tardes, me alegro de verlo, ¿qué le pongo a esta hora?. Lo de siempre, para no variar, ha respondido él con una mediana sonrisa. Y se siente invadido por una alentadora calidez cuando descubre que, junto al del café, le ha colocado otro platillo con dos bombones que parecen dos delicadas joyas.
Ha esperado paciente a que terminara su turno de la tarde y la ve salir, transfigurada, con chaquetón guateado, gorro atrevido de lana, bufanda de enrollado multicolor y botitas y guantes rojos. La ha seguido hasta la parada del autobús y, detrás de ella, le bastaría con tocarla en el hombro para cerrar este cuento con el desenlace que a cada cual se le ocurra.    
Diciembre, 2014

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