sábado, 14 de noviembre de 2015

Auto-retrato
Este que veis aquí, de rostro marcado por el tiempo, escasa melena, que hace años fue más oscura que trigueña y hoy grisea, y la barba de un schnauzer gris y discreto, ése, digo, soy yo. Mi vida, como la de muchos de mi generación, ha sido un devenir de circunstancias varias, algunas penosas e irreversibles, nomadeos que no buscaban a propósito el riesgo, ni exotismos lejanos, ni mucho menos superar retos o alcanzar plusmarcas: no cuánto se ve y se recorre sino cómo se ve y se recorre el camino. El placer está en el camino y la nostalgia en la llegada.
Algunas ciudades de aquí y de allá me han marcado de manera indeleble y siempre las llevaré en mi corazón y en mi memoria. Las mujeres, generosas sin excepción, me han dado, sin demasiados merecimientos por mi parte, hospitalidad, amor, amistad, ternura, placer y algunos malos ratos que recordar no quiero.
He vivido de mi constante trabajo sin obnubilarme con la ganancia. Nunca he buscado ni me ha movido la avidez por el dinero: en momentos de bonanza lo he gastado con liberalidad pero sin dejarme llevar por un alocado despilfarro caprichoso, y cuando no, mi condición espartana ha asumido sin dramatismos la austeridad. Nunca lo he pedido a persona alguna ni he tenido más  deudas que las inevitables con eso que algunos llamamos “el imperio del mal” y otros la puta Banca.
Y ahora una declaración de principios: en el momento presente no milito en ningún partido político y ni estoy afiliado en sindicato alguno ni me cobijo bajo ninguna bandera y siento un intenso rechazo por la mayoría de los profesionales de la política que nos gobiernan en su propio beneficio. Por esto creo que sé, aproximadamente, dónde estoy.
He sobrevivido gracias al ejercicio de una profesión tan respetable como poco respetada por una sociedad (en este país se puede seguir esgrimiendo el dicho “pasar más hambre que un maestro- escuela”) que con su actitud manifiesta su propio envilecimiento.
Tan sólo una ambición he mantenido desde mi temprana juventud por encima de otras que, en comparación, me siguen pareciendo insignificantes: escribir, y escribir algo que me satisficiera lo suficiente como para que superara mi natural y, creo, exigente autocrítica. He escrito mucho y apenas si he publicado algo. No me puedo quejar de no haber alcanzado ni siquiera el escalón más modesto de la gloria literaria. Y eso que lo he intentado, pero hay que tragar mucho para obtener un parco reconocimiento: mejor no (no están maduras, dijo la zorra a las uvas). Desde hace algún tiempo reparto mis actividades entre la escritura, la lectura y, sobre todo, la relectura, que me proporcionan más placer, y otros afanes que me compensan de mis tribulaciones: el cariño atento de mi hija, el amor del hada del otoño, los afectos de mis amigos, la cocina, las artes y los viejos oficios, la fotografía, los viajes (los reales y los imaginarios), la mesa y el mantel siempre compartidos, y las charlas inacabables con la gente que me interesa, es decir, que encuentro interesante.
En el presente, he empezado a prestarle algo más de atención al equilibrio físico (en el sentido literal y figurado de la palabra) y mental. Si llego a mantener la cabeza lúcida y en su sitio, el cumplir años no será una tragedia. He vivido lo suficiente como para darme cuenta de que apenas entiendo de qué va esto que se llama la vida, ni sé si tiene algún sentido.  
Este es mi inacabado retrato. Si no os satisface, lo podéis modificar a vuestro antojo añadiéndole rabo y/o cuernos, un parche en el ojo, un loro sobre el hombro, una peluca, o borrándole alguna de sus (mis) partes.
No estoy seguro de casi nada pero he comprobado que, con el paso del tiempo, cada cual tiene la cara, o el careto, que se merece (sin excluir a aquellas personas que se someten a los estragos de la cirugía mal llamada estética, faena de chapa, pintura y tuneado). Echen una ojeada a su alrededor o mírense en el espejo. Como yo lo hago aquí, más abajo.

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