Este que veis aquí, de rostro marcado por el tiempo, escasa melena, que hace años fue más oscura que trigueña y hoy grisea, y la barba de un schnauzer gris y discreto, ése, digo, soy yo. Mi vida, como la de muchos de mi generación, ha sido un devenir de circunstancias varias, algunas penosas e irreversibles, nomadeos que no buscaban a propósito el riesgo, ni exotismos lejanos, ni mucho
menos superar retos o alcanzar plusmarcas: no cuánto se ve y se recorre sino cómo
se ve y se recorre el camino. El placer está en el camino y la nostalgia en la
llegada.
Algunas ciudades de aquí y de allá me han marcado de manera
indeleble y siempre las llevaré en mi corazón y en mi memoria. Las mujeres,
generosas sin excepción, me han dado, sin demasiados merecimientos por mi
parte, hospitalidad, amor, amistad, ternura, placer y algunos malos ratos que
recordar no quiero.
He vivido de mi constante trabajo sin obnubilarme con la
ganancia. Nunca he buscado ni me ha movido la avidez por el dinero: en momentos
de bonanza lo he gastado con liberalidad pero sin dejarme llevar por un alocado
despilfarro caprichoso, y cuando no, mi condición espartana ha asumido sin
dramatismos la austeridad. Nunca lo he pedido a persona alguna ni he tenido más
deudas que las inevitables con eso que
algunos llamamos “el imperio del mal”
y otros la puta Banca.
Y ahora una declaración de principios: en el momento presente no
milito en ningún partido político y ni estoy afiliado en sindicato alguno ni me
cobijo bajo ninguna bandera y siento un intenso rechazo por la mayoría de los
profesionales de la política que nos gobiernan en su propio beneficio. Por esto
creo que sé, aproximadamente, dónde estoy.
He sobrevivido gracias al ejercicio de una profesión tan respetable
como poco respetada por una sociedad (en este país se puede seguir esgrimiendo el
dicho “pasar más hambre que un maestro- escuela”) que con su actitud manifiesta
su propio envilecimiento.
Tan sólo una ambición he mantenido desde mi temprana juventud
por encima de otras que, en comparación, me siguen pareciendo insignificantes:
escribir, y escribir algo que me satisficiera lo suficiente como para que superara
mi natural y, creo, exigente autocrítica. He escrito mucho y apenas si he
publicado algo. No me puedo quejar de no haber alcanzado ni siquiera el escalón
más modesto de la gloria literaria. Y eso que lo he intentado, pero hay que tragar
mucho para obtener un parco reconocimiento: mejor no (no están maduras, dijo la zorra a las uvas). Desde hace algún tiempo
reparto mis actividades entre la escritura, la lectura y, sobre todo, la relectura,
que me proporcionan más placer, y otros afanes que me compensan de mis
tribulaciones: el cariño atento de mi hija, el amor del hada del otoño, los afectos de
mis amigos, la cocina, las artes y los viejos oficios, la fotografía, los
viajes (los reales y los imaginarios), la mesa y el mantel siempre compartidos,
y las charlas inacabables con la gente que me interesa, es decir, que encuentro
interesante.
En el presente, he empezado a prestarle algo más de atención al equilibrio
físico (en el sentido literal y figurado de la palabra) y mental. Si llego a
mantener la cabeza lúcida y en su sitio, el cumplir años no será una tragedia.
He vivido lo suficiente como para darme cuenta de que apenas entiendo de qué va
esto que se llama la vida, ni sé si
tiene algún sentido.
Este es mi inacabado retrato. Si no os satisface, lo podéis
modificar a vuestro antojo añadiéndole rabo y/o cuernos, un parche en el ojo, un
loro sobre el hombro, una peluca, o borrándole alguna de sus (mis) partes.
No estoy seguro de casi nada pero he comprobado que, con el paso
del tiempo, cada cual tiene la cara, o el careto, que se merece (sin excluir a
aquellas personas que se someten a los estragos de la cirugía mal llamada
estética, faena de chapa, pintura y tuneado). Echen una ojeada a su alrededor o
mírense en el espejo. Como yo lo hago aquí, más abajo.
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