Día 13 de abril, miércoles. Me entero por una emisión de radio de cobertura nacional de la muy trascendente noticia de que hoy es el “Día Internacional del Beso”. Una gilipollez más, sugerida por la intención de consolarnos de la deleznable actualidad real que nos abruma.
Me gustan los besos pero no los “días internacionales, o mundiales, o universales” de lo que sea. Me gustan los besos, desde aquellos que conllevan alguna connotación más o menos religiosa o reverencial (el ósculo entre los cristianos y entre los musulmanes) hasta los amistosos, los entabacados de mi padre, los fraternales, los errados, los infantiles con olor a galletas, los de amor apasionado, los equívocos, y también los robados, los de las despedidas, los picos y piquitos, y los soplados… casi poéticos. Y no me gustan los sociales (tan devaluados que no llegan a rozarte), ni los añejos (en el dorso de la mano de las mujeres y de los curas de mi infancia), ni los traidores (de judas), ni algún otro que no quiero recordar.
De la fría y lexicológica descripción de la RAE, que atribuye a la palabra origen celta hasta llegar, en su evolución, a la latina basĭum, como acción y efecto de besar: “tocar u oprimir con movimiento de labios, a impulso del amor o del deseo o en señal de amistad o reverencia”, no encuentro estimulación suficiente para seguir besando, a troche y moche, a estas alturas de mi vida.
Mis besos preferidos al día de hoy, por encima de todos los demás, son los mágicos (el de la bella durmiente, de blancanieves, de la bella y la bestia, de Sreck…) por aquello de la transformación o metamorfosis en algo difícil o imposible.
¡Qué no daría yo por encontrar una simpática ranita que por medio de tan fácil maniobra me convirtiera en un apuesto príncipe!
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