viernes, 2 de noviembre de 2018

Día de Todos los Santos Ilustres

Este día de Todos los Santos ha salido luminoso con sol y algunas nubes. Se prevé que hoy dejarán la ciudad más de medio millón de vehículos espoleados por el prolongado puente de cuatro días de holganza. Ahí es nada. Mi Hada y yo hemos preferido no participar en tan concurrido éxodo y dedicar nuestra atención, memento mori, a visitar uno de esos lugares funerarios poco frecuentados en los que los fallecidos soportan o disfrutan del eterno descanso.
Durante muchos años cualquiera que pasara por delante de este Panteón tan poco ilustrado, podía atisbar, a través de la verja herrumbrosa, una especie de estercolero de maleza, algún raquítico arbolillo y desechos de todas clases, a pesar de encontrarse circunvalado por un convento, una iglesia basílica de airosa torre, un colegio en otro tiempo regentado por frailes dominicos y, situado en calle muy próxima, la espléndida Real Fábrica de Tapices. Resultaba muy lamentable e irrespetuoso para con los que allí dormían el sueño eterno. De poco tiempo acá El Panteón de Hombres Ilustres, de Madrid, es una estupenda muestra de la recuperación de un histórico mausoleo en el que coinciden la política, las variadas artes, la oligarquía, la muerte en diversas modalidades, el olvido prolongado y la loable reciente rehabilitación de este interesante lugar. Recorrer las dependencias y los jardines bien cuidados  supone, para el visitante curioso y ajeno a los prejuicios de cualquier índole, no sólo unas lecciones de nuestra historia en la se confunden por separado personajes sorprendentes, artífices de la patria, sujetos de dudosa ejemplaridad, potentados del dinero junto a otros que fueron víctimas de las circunstancias que les tocó vivir y morir. 
    

miércoles, 17 de octubre de 2018

Náufrago en la noche

Qué largo y cálido le resultaba el verano, como el título de aquella película de Martin Ritt con Orson Welles y Paul Neuman. Nada que ver con el filme.
Va solo en el coche que conduce con desgana por una calle céntrica de la ciudad en la noche inacabable. Al detenerse en un semáforo repara en una mujer que, bajo la luz de una farola, ríe y besa con entusiasmo al hombre y hablan algo que a él no le llega y vuelven a abrazarse. A la luz cruda sus figuras parecen hermosas e irreales: la mujer, como en escorzo, casi de espalda, muestra sus piernas desnudas y perfectas que surgen del vestido vaporoso rojo violento, la cabeza hacia atrás y los brazos en torno a la cintura del muchacho que lleva con desgaire una camisera blanca. El hombre al volante se sobresalta cuando la pareja, semáforo en verde, se le cruza a la carrera enlazados por la cintura, y la mujer lo mira fugazmente al pasar. Arranca y no quiere pensar en nada después de soportar la larga y tediosa semana en la ciudad recalentada. La muchedumbre discurre, tráfago de viernes y estío, ávida de converger donde sea y no importa con quién. El azar juega a cada instante y quién puede prever el encuentro, o reencuentro. Así se siente el rastreador en la madrugada tenaz, esperando el suceso fortuito que puede venir de dios sabe dónde ni por dónde.
Los asiduos al mostrador de nogal pulido del añejo café con música en directo, se distraen con jarras de cerveza y bebidas largas de colores diversos. La botillería de los estantes se duplica en la luna frontera que enmarca, como una fotografía sepia, el ambiente de otra noche más del verano. Sentada en el taburete, con la espalda apoyada en el mostrador, la muchacha del corpiño carmesí y corta melena oscura, cruza con él su mirada en el espejo: sólo es un instante y ya sabe que no. Si acaso la recordara más tarde, su enigmático hechizo le daría dolor. De por ahí ha surgido un figurín adepto del amor que le pasa el brazo por los hombros desnudos y la atrae hacia sí con gesto chapucero de propiedad ostensible, la piel tostada y la blancura ideal de su inmaculada indumentaria. Desde la sala contigua llega amortiguada una voz densa que entona un aire cadencioso del sur americano, acompañada del bandoneón y la guitarra. Y el figuras le musita al oído algo que a ella la hace reír. Qué largo y qué cálido puede resultar el verano, como en aquella película...
A pesar de los intentos de cruzar los puentes y pasar al otro lado, sus días y sus noches de penuria no han terminado, no quiere y al mismo tiempo quisiera. Las calles y los antros de este barrio latino tan madrileño están tomados por una multitud festiva. Todas las caras son igualmente disímiles pero se puede errar de continuo. Cada vez que ellas lo miran siente el temblor de la expectación, acaso el destino lo señale esta vez con el dedo. Lo teme y lo busca. Siete estaciones, como argonauta de la nocturnidad, le parecen suficientes por hoy. 
En la tienda "Abierto 24 horas" apenas se ven clientes. El muchacho, no tan joven, que se ocupa de la caja, parece como sorprendido cuando se le acerca con las cervezas, los emparedados y unas bolsitas con algo de picar. Más allá, junto al estante de los periódicos una beldad estilizada hojea una publicación. Está de espaldas y viste un breve y entallado vestido blanco-roto, sus piernas son largas, bien torneadas, se vuelve y le echa una rápida ojeada sin verlo, por encima de la revista que aparenta leer. No, no es tan joven como suponía. A él nada le interesan los señuelos en las páginas del ocio, recién casada faldita de tenis debajo ya sabes necesito dos pelotas entró entró. 
Ya en la calle, desde la acera el náufrago ve a través de los cristales, en el interior iluminado, cómo la tentadora sirena rodea por detrás con sus brazos el torso del cajero complaciente. El pasajero de la noche se aparta con una aleve desazón mariposeándo alrededor de su cabeza como aureola y sujeta contra el pecho el envoltorio de papel con los improvisados víveres.
El automóvil va rompiendo en la amanecida los charcos que ha dejado en el pavimento el lavatorio municipal tempranero y del asfalto asciende una humedad condensada y mohosa. Se esfuerza por pensar en realidades ilusorias del pasado lejano: en el aroma del incienso que desde siglos flota en aquella iglesia; en esos cuchitriles en donde no entraba nadie para cambiar novelas o tebeos las tardes del domingo; en la niebla matutina que desdibuja el encinar; en el vacío exánime al salir del cine después de ver una comedia americana con su final feliz; en nombres de personas, Policarpo, Ananda, Teodora, Facundo, que nunca ha conocido.
Deja los paquetes sobre la mesa de la cocina y con desgana se acerca al salón, sofoco de interior cerrado y, sin encender la luz, abre de par en par el balcón y conecta la televisión. La estancia se inunda, como en una escena bajo la luna, de una claridad irreal y disfruta de un largo y profundo trago de cerveza. Una mujer hechicera de sonrisa estándar le ofrece las ventajas por la compra de no sabe qué productos si marcara el teléfono que aparece en la parte inferior de la pantalla.
Abandonando las imágenes a su propia fascinación, pasa a la alcoba y extrae del armario, impecable en su percha, el vestido de textura sedosa que deja sobre la cama y junto a él, con mucha cautela, el afilado estremecimiento de las tijeras de cocina.    
Y ya, decidido, en el baño y se despega, con esfuerzo, el polo del cocodrilo, arrugado y deslucido. Los chorros de agua le desuellan la coraza y arrastran los recuerdos, y los deseos, y el sudor, y lo dejan listo para el próximo asalto.
El hombre en calzoncillo, sentado frente al televisor, ha empezado a aceptar que,  irremediablemente, será un verano muy largo y muy cálido sin ella.
 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Una de piratas

Yo estaba enamorado, pero no lo sabía. Ahora, tantos años después, sé algo más de mí y de aquel amor.
 
Lo estuve pensando durante algún tiempo, había tomado una decisión y ahora no quería echarme atrás. Lleno de inquietud y todavía con algunas dudas, aquel día me llegué hasta la casa de la Rufina. La Rufi era la muchacha que ayudaba a mi madre en las tareas de la casa, cuidaba de mi hermano pequeño y la encargaban de que me controlara a mí, tarea nada fácil, que entonces tenía más de catorce años y estaba en 4º curso del Bachillerato Elemental. A mí la Rufi me parecía muy mayor, no sé si porque había cumplido los veinte o porque tenía las tetas más grandes que las de mi madre. Y fue a ella a quien le confié mi obsesión y le pedí en que me lo hiciera, pero se negó en redondo. «Quita p’allá, muchacho. Si tu madre se entera de que he sido yo, me pone de patitas en la calle». Tanto le insistí que al final accedió a encaminarme a una chica que conocía y que me lo haría por algo de dinero, un duro o así, lo que costaba ir al Norba un jueves en sesión de fémina. Antes, me había hecho jurar por la cruz, lo juro por ésta, que me muera y me vaya al infierno de cabeza si me chivo. «Vaya una perra que has cogido, y no te digo nada cuando se entere tu padre la que te va a liar a ti, a tu madre y, de propina, a mí». En este momento me sentía capaz de soportar las broncas y algo más que se le pudiera escapar a mi padre; las chuflas de mis amigos era cuestión de torearlas: ya se les olvidaría y, quizás, hasta lo llegarían a encontrar envidiable. En el colegio, el asunto sería de pura estrategia, de quita y pon, y nadie se daría cuenta.
No tenía intención de decírselo a nadie, ni siquiera a ella. Ya lo descubriría por su cuenta cuando me viera. Ella era la MariTere. Vivía con su abuela en el piso principal de un caserón en la parte alta de la Villa, muy cerca de mi casa; iba al colegio de las Carmelitas, de uniforme azul marino, sombrero redondo y zapatones negros y, aunque delgadita, no daba la impresión de fragilidad. Con el pelo oscuro y sus ojos de color violeta, no se parecía a ninguna de las niñas que yo conociera en todo el barrio ni en toda la ciudad, que era lo mismo que decir en todo el mundo. Algunas veces coincidíamos en la Plaza Mayor, yo y mis amigos con ella y sus amigas, como por casualidad, y las acompañábamos hablando de tonterías que fastidiaban a mis compinches que me miraban de reojo deseando que nos dejáramos de las chicas, que no decían más que bobadas.
De vez en cuando, yo iba a la casa de Mary-Tere para ayudarla con las matemáticas y el dibujo que no se le daban bien y, además, no estudiaba nada. Vivía con su abuela porque sus padres, que eran artistas en el Gran Circo Mundial, se pasaban meses y meses viajando por el mundo y sólo venían a verla unos pocos días al año. Cuando acabábamos las tareas doña Gerarda me ofrecía una onza que yo por educación se la aceptaba unque no me gustara demasiado el chocolate. Mari-Tere me repetía historias de lugares lejanos en las que el circo era el mundo y sus padres las estrellas protagonistas, que si mi padre esto, que si mi madre lo otro. Me regalaba los sellos de las cartas que recibía y yo los guardaba, sólo porque eran de ella y no por afición filatélica. Sacaba del aparador una caja de lata con fotografías en las que aparecía la pareja con sus brillantes trajes, cogidos por la cintura, saludando con sonrisa profidén: su padre, con chaquetilla de lentejuelas y corbata de pajarita, levantando la trompeta reluciente como un trofeo, «¿A que es muy guapo?». Yo miraba la foto y lo único que veía era un hombre atezado, repeinado con brillantina, bigotillo a lo Errol Flynn y un arete en la oreja izquierda, «Lo que más me gusta es que con ese zarcillo se parece a un pirata de las películas, ¿a que sí?», y besaba la foto con entusiasmo.
Otras veces era ella la que se presentaba en mi casa por la tarde, aún con el uniforme del colegio y la cartera colgándole de la mano, casi a rastras, en la que llevaba lo del latín, libro y cuaderno con cuatro frases para “analizar y traducir”, y los problemas. Yo buscaba en mi habitación el diccionario Spes, que no figuraba entre sus libros, «es que yo no voy a seguir estudiando, sabes; en cuanto mi padre lo diga me iré con ellos, y para trabajar en el circo no necesito el latín ni las matemáticas». En la mesa grande de la cocina, con el fondo de los discos dedicados en la radio y el olor a rosquillas fritas, intentaba meterle en la mollera que el nominativo era el sujeto de la oración y que el pretérito de amare era amavi y había que traducirlo por “yo amé”, ¿te enteras?, y las ecuaciones de primer grado con dos incógnitas, y apenas ponía atención en lo que le decía y al final era yo casi siempre el que terminaba por hacerle los deberes, mientras ella jugaba con mi hermano y, de paso, le contaba a mi madre las historias de sus padres que yo me sabía de memoria. Lo mejor era que le gustaban los dulces de mi casa y que aguantaba con risas los incordios de mi hermano. Era muy lista pero no sé ni cómo había llegado hasta 3º del Bachillerato Elemental, y eso porque estudiaba con las monjitas.
Era domingo y la Rufi me dio el aviso. En lugar de ir a la sesión de cine matinal, como le dije a mi madre, me fui a donde vivía la Luisa, cerca de la Peña Redonda. A la Luisa, que estaba de dependienta en una mercería y perfumería, no la conocía más que de haberla visto en el paseo de la Plaza cuando salían la Rufi y ella con sus respectivos acompañantes dándoles escolta, ellas en medio y los panolis en los extremos. Cuando toqué en la puerta me pareció que no había nadie. Estuve en un tris de darme la vuelta con alivio. Lo primero que me dijo fue que me sentara en el filo de una cama turca llena de cojines de colores. Yo, sin abrir la boca, sudaba por cada pelo un goterón de nervioso que estaba; ella canturreaba por lo bajo, me preguntaba algo, me echaba una ojeada y sonreía. En una mesilla iba colocando lo que pudiéramos llamar el instrumental, al tiempo que me explicaba cómo me lo iba a hacer: primero me limpiaría con un algodón y alcohol, después quemaría con una cerilla la punta de la aguja enhebrada, la limpiaría bien y me traspasaría el lóbulo de la oreja, apoyando la aguja por el otro lado en una corteza de pan, y ya estaba. Sólo quedaba anudar la hilaza de seda formando un anillo y limpiarme la sangre del pinchazo. Y arreglado. Hubiera deseado salir huyendo. Me ordenó que me quitara el chaleco y la camisa y me quedé con la camiseta de tirantes. Aquello no me tranquilizó nada, al contrario: acercó una banqueta y se sentó pegada a mi izquierda. Notaba su respiración en mi oreja, como si me soplara, y me repetía que no me preocupara, que no me iba a doler. Olía a jabón de olor y, al inclinarse, por el escote desbocado de la blusa le veía las tetas, redondas como naranjas. Me sentía los latidos dentro de la cabeza, me ardían las orejas y estaba más que sofocado. Cuando empezó a tocarme hubiera querido salir corriendo pero me quedé. Cuando me bajó los pantalones me dieron ganas de gritar pero me contuve. Cuando me empujó sobre el camastro me preparé para rechazarla pero me quedé quieto, quieto. «Andá, vaya apero que te gastas, como un hombre…». Cerré los ojos y me dejé llevar. Salí de la casa sudoroso, atontado y sin lograr lo que allí me había llevado. Y olvidé en la mesilla el billete de cinco pesetas.
Todavía me temblaban las piernas al subir la cuesta a la carrera y bajar a saltos la calle escalonada hasta llegar a la Plaza. Llevaba el chaleco en la mano y los pelos revueltos. Bajo los soportales me detuve a coger aliento, ponerme el chaleco y atusarme el pelo mirándome en la luna de un escaparate. Con parsimonia atravesé la Plaza simulando naturalidad. Me sentía algo mareado y me quemaban las orejas sin agujerear.
Sentados en un banco de hierro estaban mis compinches fumando bisontes, comprados uno a uno en el carrillo de pipas, chicles y caramelos. Seguían con atención las palabras y evoluciones de Julio que, de pie frente a ellos, les contaba la película que acababan de ver. «Échate p’allá, haz sitio, tú». Me senté y me fui enterando. La que había entusiasmado a la pandilla era una de piratas. Julio se convertía alternativamente en cada personaje, tan pronto imitaba la actitud y el tono desenfadado del temible burlón trapecista, sus piruetas imposibles o las morisquetas del pirata mudo, como los dengues de la chica guapa, el gesto atravesado por la rabiosa maldad de los malos y hasta el beso final del protagonista a la chica guapa. Que fuera interrumpido era lo habitual: el narrador seguía a lo suyo, y si el otro insistía con terquedad en rectificarle, le soltaba con brusquedad, «joder, tontolculo, cuéntala tú si eres capaz de hacerlo mejor, so mamón». La armonía se restablecía cuando los demás exigíamos al enredador que se callara. Y en lo que coincidían mis compinches era en que todos los buenos llevaban pendientes en las orejas y debía ser porque eso les gustaba a las mujeres en aquella época, y en ésta también, pensaba yo para mis adentros. Aún permanecía como ido, bajo los efectos de la soba que había soportado. «Y tú ¿por qué no has venido, so gili?». Mentí con un aplomo que hasta a mí me sorprendió. «De gili nada, que me la he perdido porque mi madre tenía que salir y me he quedado con mi hermano». Julio Carulla Florentino, de mote Moropillo, era el mejor contador de películas que jamás he conocido. 
Los padres de Mari-Tere llegaron unos días después. Mi madre me lo dijo al volver del colegio con un tono en su voz que yo bien conocía. Yo sabía que a mi madre mucho le hubiera gustado tener una hija. Doña Gerarda, llorosa, le había dado la noticia: se llevaban a su nieta, a su niña, y no esperaban a las Navidades.
En los días siguientes no tuve ocasión de encontrarme con ella. Suponía que estaba demasiado ocupada y ya ni siquiera acudía al colegio. Desde la ventana de mi habitación pasaba las horas de la tarde acechando el transitar de la gente y salía a la Plaza con no sé qué esperanza y recorría las calles de la Villa y los balcones del caserón permanecían con los postigos cerrados. El último día me volví desalentado tras haber hecho una larga e infructuosa ronda. Se estaban encendiendo los faroles de la calle cuando llegué a mi casa. Mari-Tere y su abuela habían venido para despedirse, me habían esperado un poco y se habían marchado: tenían que coger el tren para Madrid aquella misma tarde. Mejor, es una pesada y una fantasiosa, me alegro de no tener que verla en una temporada. Así se lo dije, pero a mi madre no la engañaba.
Y pasaron los días y las semanas. Cada noche rezaba para que volviera, quizás después de las vacaciones del verano. No me importaría hacerle las traducciones de latín. Como consuelo, me imaginaba una película en la que yo, con el pendiente en la oreja, era el pirata Burt Lancaster y ella era Mari-Tere, y así, intentaba soñar dormido lo que imaginaba despierto. No regresó ni ese verano, ni al siguiente ni al otro ni al otro. Yo estaba convencido de que era un castigo que Dios me imponía por haber pecado aquella vez contra el sexto mandamiento. Después, me libraba del peso de “los actos impuros” en la confesión de los primeros viernes, y no volvía a pensar en las llamas del infierno hasta la próxima. Jamás le confesé ni al Padre Chapetas, ni a nadie, el episodio de mi arrebatada salida de la niñez. Durante mucho tiempo viví con la certeza de ser un sacrílego que persistía en el pozo del pecado. Y por eso Dios me castigaba: en unos años recibí tres o cuatro postales desde lugares que me parecían lejanísimos y aureolados de exotismo. Me escribía escuetamente que le gustaba la vida en el circo y lo mucho que estaba aprendiendo. Siempre mandaba besos para mi hermano y para mi madre y ahora firmaba como Terry. Fijaos, como Terry. Nunca contesté a sus tarjetas. Bueno, tampoco conocía una dirección a donde enviarle una carta.
Pasado el tiempo, yo había perdido no sólo la inocencia y sino también el desenfado espontáneo. Me estaba convirtiendo, sin vuelta atrás, en una persona mayor y eso no me entusiasmaba. Había dejado atrás a mi familia, a mis amigos de siempre y mi casa en la Villa. Vivía en otra ciudad, en una realidad distante, sin supersticiones ni milagrerías. Ya no creía que el infierno consistiera en que alguien me las hiciera pagar en las calderas de pedro botero. Lo había padecido y estaba seguro de que mis cuentas estaban saldadas. Estudiaba con ahínco en las aulas de la ilustre universidad y descubría por las noches la música de jazz, los bares en el sótano de algún tugurio mientras bebía en la compañía de mis iguales mezclas y mejunjes insólitos.
A veces, se me posa encima una sombra de melancolía. Lo pasado reaparece sin avisar, atraído por el sabor de las perrunillas, el aroma humilde del aceite de las sardinas en lata que había goteado sobre una página del Capitán Trueno o el hedor acre a letrina de algún callejón de la ciudad de mi infancia lejana.Lo he estado pensando y he tomado la decisión. No quiero echarme atrás. Soy un hombre profesional y socialmente bien considerado, con una familia tan común que cualquiera envidiaría mi felicidad tan feliz.

Hoy, en la farmacia le he preguntado al auxiliar, que antes hubiera llamado el mancebo, si aún se siguen vendiendo esos artilugios que se utilizaban para perforarles los lóbulos de las orejas a las niñas. El mancebo, de melena ondulada, perilla rala y mosca bajo el labio inferior, me recuerda vagamente un retrato de Gustavo A. Bécquer. Me ha mirado con atención y me pone delante una caja pequeña de plástico transparente, cerrada con un precinto, en cuyo interior se ven algo como dos pendientes con falsos diamantes. «Están fabricados con acero quirúrgico esterilizado, la gema es una circonita transparente, que puede ser de color granate si lo prefiere, o una bolita metálica, sin más. No, en aro no se fabrican. Son muy fáciles de colocar y resultan indoloros. Después de dos o tres semanas de llevarlos, se pueden sustituir por los pendientes definitivos que prefieran ponerle a la niña». Le entrego los cuarenta y tres euros y salgo a la calle tranquilamente decidido.
En el bulevar, los plátanos de sombra se libran de sus hojas otoñales  con arrebatado alborozo llevados por ráfagas de viento anubarrado, hoy inusualmente cálido en esta ciudad que cae tan lejos y tan al norte de mi pueblo.

jueves, 19 de abril de 2018

Dialectología de andar por casa. Una muestra del habla de (algunos) extremeños del norte…

El extremeño no se cae; se pega una “costalá” o un “guarrazo”.

El extremeño no dice ¡Hola!; dice ¡Éééee!

El extremeño no se desviste; se empelota o se queda “en pelete”.

El extremeño no dice que tiene miedo; dice que está “zurrao”.

El extremeño no dice “¡Oye, tú!”; dice “¡Chachóóó!”

El extremeño no se excita eróticamente; se pone berraco o burro.

El extremeño no trata de convencerte; se pone “cansino”.

El extremeño no dice ¡Mira!; dice “¡Cúcha!”

El extremeño nunca dice NO; dice “Sí, por los cohones”

El extremeño no se gacha; dice se "amaga" o "se agalva"

El extremeño no te llama la atención; te dice: “Chacho, ¿ande vah?”

El extremeño no tiene una amante/novia; tiene una moza o un “chaleco”.

El extremeño no pide que lo lleven; pide que lo acerquen.

El extremeño no se impresiona; dice: “¡La virgen…!”

El extremeño no tiene lumbalgia; está “(d)esrriñoao”.

El extremeño no hace recados; hace “mandaos”

El extremeño no es un gandul; es “mu péeerro”.

El extremeño no pierde el tiempo; está vagueando.

El extremeño no te dice que no te cree o que estás equivocado; te dice “Te paece quééé…” o “¡Amoh anda…!” o “¡Venga yaaa…!”

El extremeño no te dice que estás escuchimizado; te dice que estás “runato” o “añodrío”

El extremeño no se enfada mucho; se “encojona”.

El extremeño no está gordo; está lustroso, o cebao, o "canchalón", o "cipotón", o "como un cebollo".

El extremeño no se duerme; se queda “trahpuehto”.

El extremeño no se va; sale “harreando” o “se lah pira”.

El extremeño no dice que una persona es de color (negro); dice que “eh máh negro que loh cohoneh de un burro mohíno”.

El extremeño no lleva los pantalones caídos; los lleva “ajorraos”

El extremeño no va descamisado por fuera del pantalón; va “desatacao”

El extremeño no pregunta “¿y eso?”, sino que dice: “¿poh y luego?

El extremeño no lleva la ropa desordenada; va hecho “un farragua”.

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Estas bromas van dirigidas a todas las personas que están satisfechas de ser extremeñas y te invitarán a compartir unas migas, y el secreto, y el buche, y un buen frite, y los papones, y las tencas fritas, y el gazpacho de poleo, y el zarangollo, y la sopa de cachuela, y los repápalos, y el revuelto de criadillas de tierra con espárragos, y el escarapuche de conejo, y la macarraca, y los socochones, y la ensalá de limones, y la chanfaina, y la técula-mécula, y las migas canas, y muchos otros “avíos” de comer…
Y que, con las cañas o los chatos de una pitarra de Cañamero o de Montánchez, o de Valdefuentes o de Guadalupe o del “chinato” de Malpartida, te los acompañarán con una tapa de “prueba”, o de “chochos”, o de patatera, o de aceitunas “rajás” o “machacás”, o de ancas de ranas “entomatás”, o de “ná de ná…”
Y que habrán “apañado” aceitunas a destajo 5 meses al año, sin tiempo para echar un “cigarrote”, escardarán cebollinos toda tu vida y terminarán trasplantadas a una ciudad populosa y des-almada (póngase aquí la que se quiera), lejos de su tierra.

¡¡P’a que te enteres, so calambuco (o calambuca)!!   

martes, 31 de octubre de 2017

Mi musa cargante

Se puede tener un gusto extraviado o, incluso, tener mal gusto. Lo peor, sin embrago, es tener un gusto estreñido, recalentado. Si uno no conociera de nada a MariPili, por sus vestimentas se deduciría una personalidad tan apretada, tan mendruga que bien podría esperarse que emitiera sus pensamientos en forma de coprolitos mentales y que el pensamiento mismo fuera de una consistencia retestinada y cementosa.
Continuamente frente al espejo y en el escaparate, yo no me imagino a MariPili, y eso que lo he intentado, desgajándose, aspirando relajada, desparramándose placentera… Todo parece duro y afectado en MariPili, al punto que cuando se ríe, jamás a carcajadas francas, es como si se le desatornillara un perno, como si se le aflojara una charnela.
                                                                                                     
En posición estática, ya sea de pie o sentada frente a mí y al mundo, los codos pegados al cuerpo, los brazos cruzados soportando o levantando el busto, el ajustado pantalón malla, los zapatitos de chica modosa eternamente del Preu en colegio de monjas de provincias, la chaquetilla corta y estrecha que permite apreciar un culo apretado y metido para dentro, es el modelo perfecto para formarse en papel maché, tan producto de la reiteración, que difícilmente se sale del uniforme de mujer-ya-no-joven que ejerce su profesionalidad con más rutina que entusiasmo de funcionaria sin identidad, que  nunca se enfrentaría al superior abiertamente pero que rezonga por lo bajo y procura/induce a que otros den la cara y le solucionen sus tacañas reivindicaciones. Ni se logra sacar una pizca de jugo de lo que dice ni se adivina un gramo de locura en lo que hace. Todo en ella está cepillado, planchado, esmaltado, recontado: es la imaginación en grado cero que ni se sale del presupuesto ni de lo calculado. Su mundo es el de la obviedad en lo intelectual, en lo sensual. Cada vez más repetida, cada vez, en fin, más irrelevante… Pero es mi musa, la inspiración de mis ensueños masoquistas con pesadilla 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Florián, matador de novillos y toros

El hombre que fue niño hace tantos años mira hoy, apoyado sobre el parapeto de piedra, el discurrir denso del río que cabrillea con efecto casi hipnótico.
 
Aquel verano me pasé muchas mañanas tanteando con el sedal de nailon la poza bajo el paredón de la muralla, lindante con el edificio conventual que llamaban, no sé si con sorna, el palacio de la mora, que en otros tiempos había sido casa-cuartel de la Guaardia Civil y que ahora servía como refugio para los pobres de solemnidad y para que los muchachos campáramos por rincones telarañosos, corrales llenos de maleza y tinaos a punto de derrumbe. En ocasiones, me juntaba con otros de mi edad para echar la caña en la corriente impetuosa del canal de la aceña, hoy fuera de uso y abandonado. Y Florián podía aparecer en cualquier momento. 
 
Que una persona mayor descendiese a entablar conversación con gente de nuestra edad, no era habitual: los adultos estaban demasiado ajetreados y ya nos cuidábamos de no atraer su atención, por si acaso. Florián sabía que yo era el nieto de mi abuelo y conmigo hablaba, quizá porque viniendo de la capital, tal vez me consideraba por encima de mis compinches de correrías. Antes de que nos amistásemos, yo había oído cosas sobre él, una mínima leyenda que le proporcionaba una reputación dividida: para la mayoría era un vivalavirgen que explotaba su buena facha y el crédito de honradez de su familia; otros lo veían como una víctima de la mala suerte y la falta de padrinos, e incluso había quienes, y no eran los menos, lo consideraban como un caso de fabulación e impostura risibles.
Sentado sobre el muro, con los pies colgando sobre la corriente y la caña entre las manos, lo veía llegar con andar airoso, las ropas limpias aunque desgastadas, el pelo atirantado por el fijador se le encaracolaba en el cogote, la piel tostada, recién afeitado, los ojos claros y la gorra con visera, de torero en el campo, una imagen sobria y aseada. A mí me parecía un hombre mayor porque debía sobrepasar los treinta, o así.
— ¿Qué, pican? ¿Qué cebo estás usando, chico?
Con un gesto le señalaba el bote de hojalata en el que, entre tierra húmeda, se movían las lombrices gruesas de color rojizo.
—A ver, recoge la línea, Mendozín.
 Sacaba la petaca y se ponía a liar un cigarro. Siempre se dirigía a mí con el diminutivo de mi apellido y no me importaba.
—Esa ya no sirve. Está ahogada. Tienes que cambiarla por una viva, que se mueva.
Desensartaba la piltrafa, me aplicaba a la tarea de enhebrar una reciente, resbaladiza por la baba, con tan poca habilidad que Florián, con el cigarro encendido entre los labios, asumía la faena y con dedos ágiles cubría enseguida todo el anzuelo con la masa viscosa que se enroscaba y desenroscaba en una danza minúscula. Se limpiaba cuidadosamente las manos con el pañuelo y echaba el humo por la nariz. Yo lo miraba encandilado.
—Fíjate, muchacho. Que no se le vea la punta al anzuelo, ¿eh? Y ahora lánzalo lo más lejos que puedas y dale hilo...
Y yo lo hacía todo tal como él me indicaba. Me señalaba con el dedo los burbujeos en la corriente para que yo dedujera dónde podía hallarse una posible víctima, o seleccionaba la mosca que había de colocar en la torrentera para enganchar, con maña y un poco de suerte, una boga plateada. Con él creo que aprendí cosas, algunas relacionadas con mi afición a pescar, hacer nudos y lazos y todo eso, y también muchas buenas palabras llenas de sentido.
—Oye, Florián, ¿es verdad que una vez estuviste toreando en Méjico?
Cuando llegaba a la casa con una decena de pequeños peces plateados, enfilados en una juncia, repetía con suficiencia las lecciones del maestro.
— ¿Y en esto pierde el tiempo ese vago? Un señorito pobre que le debía dar vergüenza vivir a costa de su hermana y su cuñado. Más le valiera trabajar y no estar a la sopa boba. Y si no empinara tanto el codo mejor le iría.
Este era el contundente parecer que mi abuela tenía del Florián. Me irritaba que pensara que era un haragán porque no era cierto. A veces, toreaba en el campo y también por los pueblos. Él me lo había contado y yo quería creerlo. En lo de que le gustara el vino yo no entraba: eso no era ni bueno ni malo porque en el pueblo todos bebían, menos mi abuelo, que sólo tomaba café en el casino y el té cuando íbamos a visitar a don Saturnino, el administrador del marqués y que, además, era el padre de la señorita Julia.
Yo veía a Florián pasar y repasar, con aire decidido, por la calle Ancha de la Iglesia y llevarse la mano a la visera de la gorra, con un gesto de disimulada cortesía, al cruzar frente a la Casa Grande. El mirador encristalado parecía vacío, pero una casi imperceptible ondulación tras los visillos decía que ella lo había visto. Y yo deseaba que a Florián no todo le fuera tan mal.
En la barbería de Fidel, con las puertas abiertas de par en par a la Plaza por el calor, entran y salen, sólo hombres, para desmenuzar las insignificantes noticias locales que dan juego durante días. La peluquería es el mentidero del pueblo. Desde una balda pegada a la pared, ameniza la espera la radio con música y anuncios del coñac Fundador, “que está como nunca”. Mientras Fidel se ocupa en afeitar a don Ramón, el de la Fábrica, el aprendiz amontona con un cepillo de palo largo los despojos de un corte de pelo que se lleva en un cogedor de madera. Otros y yo guardamos turno sentados en un banco corrido. También están aquellos que se no van a arreglar y han entrado para echar un cigarro y una parrafada.
— Un chuleta y un calavera. Menuda joya. Dicen que fue a ver a don Saturnino, para pedirle trabajo en la dehesa del marqués y que el administrador lo echó a patadas de su casa.
— Menuda leche tiene el tío, que se cree alguien porque lo protege quien lo protege, pero no deja de ser un empleado, vamos, como un criado pero en más categoría.
— Florián se quedaría acojonao, si lo sabré yo. La otra noche en la taberna del Rana, cómo nos reímos ¿verdad, usté?. ¡Qué gracia tiene este don Ramón! ¡Y qué tajada llevaba el maestro!... Si hasta hizo usté que toreara a una silla. Vamos, para mearse, ¿verdad, usté?
El peluquero nunca me cayó bien, sobre todo cuando trataba de hacerse el simpático dándole coba según y a quién y, además, porque todo él estaba impregnado del olor a lociones y perfumes de la peluquería.
—Un perdulario y un cantamañanas. Y como torero, ya lo habéis visto en las últimas fiestas, cuatro pases y a la hora de la verdad con más canguelo que un maleta. Estaba cagao. Mucha fachenda pero nada más. Y dice que va a torear en plazas de verdad..., ¡no joda! Lo que yo os diga, un cantamañanas.
—En eso tiene usted razón, porque ya nadie le hace ni puñetero caso..., si no es para chotearse de él.
— ¿Y lo de la señorita Julia? ¿Qué me dicen? Eso sí que ha sido una campaná. Se ha largado, así, de pronto, con su tía, la que vive en Salamanca. Parece que el padre y la hija la tuvieron buena, pero la tía se puso de parte de la sobrina y el padre no tuvo más remedio que tragar. A don Saturnino le ha debido sentar a cuerno quemao, ¡joder!, con la soberbia que se gasta el tío...
—A ver... Y todo con el galfarro del Florián por medio. Pero una chica ya mayor y con su propio capital..., bueno, lo que heredó de su madre, que en paz esté, puede hacer lo que ha hecho.
— Cuando llegó aquí ya era una mocita con aire de duquesa, un pimpollo que a más de uno les hacía poner ojos de besugo. Y si no, que se lo pregunten al mayor del boticario, el que estudiaba en Madrid.
— De eso ya hace tiempo. Ahora es una real moza, una mujer cuajada. Y con la misma seriedad de siempre, pero en más amable.
— Julia ya no cumple los treinta, seguro. El don Saturnino y su mujer vivieron en Los Berruecos bastante tiempo y se vinieron al pueblo, yo creo que por la hija, que de jovencita había estado interna en un colegio de monjas en Salamanca.
—No es persona para vivir en este lugar de chichainabo, y pasarse en el campo temporadas largas, y mucho menos desde que murió la madre. Tiene la finura de otra educación. Y lo bien que toca el piano. Eso sí: a todos se les nota que son castellanos, así de secos y estiraos.
Fidel, al tiempo que con obsequiosidad cepilla los hombros y las solapas del traje de verano de don Ramón, deja caer una pregunta.    
- ¿Creen ustedes que la chica todavía es virgo o se la habrá beneficiao algún afortunao?
Se hace un silencio momentáneo. El hombre más rico de los presentes se siente obligado a mostrarse sensible.
¾ Fidel, Fidel, que hay ropa tendida, so melón.
Le recrimina sin acritud desde su condición de dueño de la Fábrica, mientras los demás asienten. Yo finjo, embebido en las páginas de un Ruedo atrasado, no haber oído nada aunque no haya comprendido muy bien lo que ha querido preguntar el barbero.
Tras el suplicio de la tijera, la maquinilla, otra vez las tijeras y, por último, rematar el cogote y las patillas con la navaja, me miro en el espejo y me encuentro con las orejas más despegadas del cráneo que nunca y estoy seguro de que hasta me han crecido, como soplillos. Voy hecho un verdadero cromo. El picor me incordia por todo el cuerpo pero al menos estoy en la calle y me siento a salvo de la brisa mareante de perfumería. Bañándome en el río con los habituales me libero de los últimos residuos de la rapadura. Todavía habré de soportar que alguno me repita la cantinela de siempre: ¿quién te ha pelao, que las orejas te ha dejao?
Me extrañaba no encontrar a Florián por las orillas de la ribera donde solemos coincidir, por la Plaza o paseando arriba y abajo la calle. Hoy hasta me he llegado al herradero. El señor Ángel, maestro herrador y ayudante del veterinario, se ocupa en herrar una vaca retinta suspendida y atada en el potro. Su hijo, un muchacho mayor con bigotillo a lo artista de cine, le acerca herramientas, aviva el fuego con el fuelle de manivela donde enrojecen las láminas de hierro que van a ser moldeadas en la bigornia. Me quedo un rato observando y haciendo preguntas. Ya me conocen y aguantan mi curiosidad con paciente amabilidad. Indago sobre el Florián pero nada. No lo han visto en estos últimos días.
Cuando entro en la cocina con mi exigua captura, me doy cuenta enseguida de que mi tía y la Andrea hablan de él. Por el aire se extiende el familiar olor de los vapores del cocido.
¾ Y fíjese usté, la Rufi dice que tóo viene de la pelonia que tuvo con don Saturnino. Ya sabemos lo colao que está ese piernas por la señorita, pero que ella sacara la cara por él delante de su padre, eso quién se lo iba a imaginar
— Ya. Parece que la relación empezó cuando se encontraron el pasado año en las tientas que organizó el marqués para la gente gorda que vino, con toreros de postín y comilonas y cacerías que duraron una semana.
― La señorita Julia y doña Mercedes se fueron en el taxis a la estación, a coger el tren. Y llevaban un equipaje que pa’ qué. La Rufi me dijo que su ama se había llevao tóos los vestidos, y las otras cosas las había embalao pa’ que se las manden a Salamanca.
La Andrea se seca las manos en el delantal, levanta la tapadera de la olla más grande y añade agua caliente con un cazo.
— Pero la custión viene de más antiguo, no crea. El Florián lleva paseando esta calle más de dos años, y siempre mirando pa’ los balcones del don Saturnino, que eso lo hemos visto tóos. Y en los toros de San Buenaventura de este año, cuando salió a la plaza, no quitaba ojo del balconcillo onde estaba la señorita.
Mi tía trata de mantener una postura de escaso interés pero se queda a medias.
¾ Sí, sí. Pero no sé por qué ha de meterse la gente en eso. Algunos envidiosos se alegrarán de que la familia de Julita Vallejo esté hoy en boca de todo el pueblo.
La Andrea, en tono cómplice, prosigue con su aportación más personal.
 ¾ Pues le cuento. Desque lo echara al Florián de su casa de tan malas maneras, la señorita y el señor discutieron y ella, sin soltar una lágrima, le dijo a su tía que se iba con ella, y el padre la amenazó que si se marchaba que apechugara y que no se le pasara por las mientes volver. Doña Mercedes la defendió, y de paso le dijo a su hermano cuatro verdades, que si era un penco sin sentimientos y que así no se trataba a una hija y cosas por el estilo.
— Es que don Saturnino es mucho don Saturnino. No sé cómo le aguantaría eso ni siquiera a Mercedes. Al Dieguito lo mandó al campo y allí sigue, como si estuviera desterrado, y sólo porque le dijo que no quería seguir de interno, que prefería estar en Salamanca a pensión en una casa. Y del hijo mayor quién sabe por donde andará...  Si la madre les viviera sería otra cosa.
—Pues porque se metió por medio doña Mercedes, qué si no... – Andrea sigue a lo suyo– Todo esto, y más que no me ha querío contar, lo oyó la Rufi con la oreja tras de la puerta. Hay que ver qué historias pasan en esa casa, ¿eh?
Mi tía debe considerar que hay que recuperar la distancia y recordarle de alguna manera a la Andrea que, a pesar de todo, es una criada.
—Vaya par de dos que estáis hechas la Rufina y tú, tú y la Rufina. Habrá que oír lo que le vas contando a ella de la nuestra. En todas las casas cuecen habas y en la de los Vallejo a calderadas, y la gente está más pendiente de lo que hacen y de lo que dejan de hacer porque siguen siendo unos extraños que casi no se relacionan con los del pueblo. Y esto no le gusta a nadie, por muy administrador del marqués que sea, y da pie a que se inventen coplas y se hable más de la cuenta. 
Mientras la Andrea protesta con exageración ante la más que probable insinuación de mi tía, yo disimulo destripando con cuidado las boguillas con las tijeras de la cocina.
—Y esa es otra, –insiste la Andrea porque sabe que mi tía disfruta con estas habladurías– porque del Florián nadie sabe nada desde entonces. Le dijo a su hermana que salía a tomar un vaso donde el Rana y no se le ha vuelto a ver más. Eso dicen. Desde luego no creo que se haya puesto a trabajar. No le dará el naipe por ahí, no.
De repente la Andrea ha reparado en las resultas de mi obligada visita a la barbería y no puede sustraerse a recordarme mi aspecto.
― ¡Ay, madre!, que cómo me han dejao a mi Luisín de guapo. Si parece más mayor. Seguro que hasta lo han afeitao y le han puesto colonia. ¿A que sí, mi prenda?
Finjo estar tan embebido en la faena y le contesto con alguna burla a propósito de su novio, que está de sorche en Gerona pasando más frío que un negro en el polo norte, y lo más seguro es que se haya echado allí otra novia, más guapa que tú, porque sé que se enfada si se lo digo.
Continúan su cháchara, ahora sobre los guisoteos para el almuerzo y yo me salgo al grifo del corral para lavarme las manos y ver de quitarme el olor a peces porque todos los gatos se vendrán tras de mí.
Habían pasado algunos días desde el extravío del torero infortunado y durante el almuerzo, los mayores hablaban de asuntos a los que yo no solía prestar atención. En un momento surgió lo que seguía siendo la comidilla del pueblo y como en el Ayuntamiento también se chismorreaba, mi abuelo traía noticias de última hora.
—Ayer volvió de Salamanca Ramón, el de la Fábrica, y se encontró a Florián de camarero en Las Murallas y cuando le contó lo del arrechucho que le dio a Saturnino después de toda la gresca que tuvo con él, dice que dijo “¿y no se ha muerto?, que se joda ese cabrón”. Y es que ese muchacho no cambia. Y sigue con sus novelerías. ¿Pues no le aseguró que le había salido contrato para torear en Ciudad Rodrigo y en un festejo en la Almeida de Portugal? Y es que no tiene arreglo…
Nunca supe si se cumplieron o no las novelerías de Florián, pero me alegré al oír aquello. Me alegré por Florián, matador de reses bravas, novillos y toros, y camarero circunstancial por amor.
— ¿La señorita Julia va a volver pronto?
—Tú, niño, come y calla, y no te metas en conversaciones que ni te van ni te vienen. Y si has acabado, ya te puedes levantar de la mesa. Y lávate las manos. Y los dientes.
Siempre obedecía a mi abuela sin demorarme porque era la mejor manera de tenerla contenta y de conseguir mis propósitos.
Las vacaciones estaban a punto de acabar y pronto tendría que volver a la ciudad, con mis padres y mis hermanos, a lo de siempre. Al darme cuenta de que no vería más a la señorita Julia, sentí como una pesadumbre, una congoja. De Florián sí que tuve noticias, pero eso ya es de otra historia.
 
El hombre, sentado en el muro con los pies colgando, observa cómo el río se renueva constantemente con el agua que baja de la sierra, celada por nubes grisáceas. El cauce parece más ancho, más oscuro y remansado, pero amenazador, como si fuera otro río. La tarde tormentosa empieza a desflecarse en una lluvia fina, suave e intermitente al principio, después en aguacero y tronada. Es el otoño que llega.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

In memoriam de Pepe Navarro

Ayer falleció mi amigo y compañero el catedrático de Latín José Navarro Bernedo, andaluz de pro.
Siempre recordaré a Pepe como el latinista exacto para transmitir conceptos, explicar significados poco usuales en las palabras y aclarar tantos aspectos de la cultura clásica que recibíamos con agradecimiento. Y todo esto lo resolvía con su finísimo sentido del humor y la cordialidad que trasladaba a sus alumnos y así como su sencillez en el trato, su elegancia en la actitud y en el vestir diario. En resumen, una persona encantadora con la que era un gusto conversar y convivir.
Su afición a las corridas de toros era bien conocida por todos los que fuimos sus próximos y gozábamos cuando nos ilustraba con su vastísimo conocimiento de todo lo que se relacionaba con el arte taurino.
No puedo dejar de mencionar a su esposa, Soledad Galera, igualmente profesora, que tan diligentemente ha cuidado a Pepe en la salud y en la enfermedad, a la que envío un cordial abrazo.

Requiescat in pace.