Nuestras cigüeñas ya no regresan por estas fechas a sus nidos de antaño porque muchas de ellas no migran a sus lugares del sur de África.
Lamento que estos modelos del nómada familiar y entrañable hayan malbaratado su instinto viajero y afán de nuevos paisajes por un plato de lentejas contaminadas y una chabola construida con desechos. A este paso ya ni se molestarán en ir a París para traernos a los recién nacidos. Y si no, al tiempo. Es posible sean las corresponsables indirectas de la baja tasa de natalidad y, como consecuencia, del envejecimiento progresivo de nuestra población.
Con la cámara de fotos las saludo una vez más con simpatía teñida de irremediable añoranza de sus idas y venidas de otros tiempos.
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