
Creo que una razón, aunque no la única, que justificaría la utilización del disfraz sería que éste mejorase o superara lo que se esconde debajo de él. Todos, de una forma u otra, hemos recurrido y recurrimos, al disfraz o a la máscara. Si lo adoptamos de manera habitual llegará un momento en que ya no sepamos distinguir con claridad cuál es nuestra verdadera cara y cuál es la careta. En estas fechas de Carnestolendas o Carnaval, los festejantes echan mano de su imaginación, aguda en algunos casos y bastante roma en la infinita caterva de fantoches que imitan a los populares, moharrachos, botargas, pandorgas, rompilonas y otros zarrapastrosos modelos que en muy poco difieren de esas mismas personas sin disfrazar. Alguien podría argüir, transformando el conocido refrán, enséñame de qué te disfrazas y te diré quién eres.
Sin caer en tópicas interpretaciones psicoanalíticas (todo eso del varón disfrazado de mujer, la casquivana de monja, el maduro/madura de niño/niña, el ateo de fraile, y viceversas, etc., etc.), muy pocos son los que siendo zoquetes, insensibles, antipáticos, atravesados, plastas e insoportables, por obra y milagro de un camuflaje se transforman de repente en algo totalmente distinto. Bordeando el ridículo, que no el ingenio, sale mi audaz vecina, más que cuarentona y mollar, ataviada como una lolita perversa, o ese compañero de trabajo, zafio y malaje a diario, travestido de falso “Beau Brummell” con levita, chistera y corbata de lazo floreado, exhibiendo modales refinados y un bigotillo recortado a los años 50. Todo el año es carnaval (Mariano José de Larra, dixit).
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