viernes, 9 de junio de 2017

No te lo crees ni tú

Me llamo Paulina aunque desde siempre todos me dicen Lina, y con Lina me he quedado aunque en el DNI aparezco como Paulina González Garamón. Siempre he vivido en Madrid, o mejor dicho, en Carabanchel Bajo. Mi abuela me dejó al morirse el quiosco por haberla cuidado cuando ella ya no podía ni moverse y yo me quedaba al frente del negocio como única responsable. Y de esto me he mantenido desde hace más de veinte años. 
Tengo cuarenta y dos tacos y desde los dieciséis, que dejé el Instituto sin acabar el 1º del BUP porque aquello no era lo mío, ayudé a mi abuela en su quiosco de periódicos, revistas, libros y chucherías, que, con los tiempos y las crisis, han terminado por convertirse en una especie de chamarilería de cosas inacabables.
Mi madre se desentendió de mí y de mis dos hermanos, uno mayor que yo y otro más pequeño, y se marchó a Valencia a trabajar en una fábrica de pantalones vaqueros y, sobre todo, decía ella, para estar cerca del mar. Esto sucedió al poco de que nuestro padre, perdida la cabeza por el alcoholismo y con la vista muy reducida, se alocara (era relojero, y en los buenos tiempos que yo ni recuerdo, llegó a tener taller propio), se volviera loco, repito, por los páramos de la Mancha, recorriéndolos en bicicleta sin finalidad alguna y manteniéndose unas veces de trabajillos menudos y pasajeros y otras de la caridad de la gente.
Todo el tiempo hemos vivido en Carabanchel de lo que mi abuela sacaba, con mi ayuda, del quiosco que tenía  en un buen sitio del barrio de Argüelles. Mi madre ahora vive en Alicante, está jubilada por la artrosis y por la columna que la tiene hecha cisco; de tarde en tarde se viene a Madrid, se queda en la casa de mi hermano mayor, casado y con una niña pequeña, durante una semana o así, más por la nieta que por nosotros, y se vuelve a la orilla del mar, y ya hasta cuando le dé otra vez la ventolera por venir.
De mi otro hermano, más pequeño que yo, prefiero no hablar. Iba a empezar el BUP cuando mi padre dio la espantá y después de muchos problemas dentro y fuera del colegio, se enredó en la mierda de la droga, al principio el porrito, el canutito y yendo a más, desintoxicaciones y malos pasos y peores rollos, hasta las cejas con la heroína y se metía todo lo que le cayera a mano. Malvivía con el trapicheo, y de bajarse al moro, y de hacer de mulero, hasta que lo trincaron una vez y otra y otra… Yo lo sacaba como podía pero no había manera. Murió del sida y de todo lo que llevaba por dentro en una cárcel de Burgos, ahora va a hacer dos años.
He tenido desde los diecisiete años relaciones que duraban más o menos. Aún me acuerdo la primera vez que me enamoré; él tenía veinte y trabajaba en una pescadería de lo mejor en la misma calle donde está el quiosco, era el hijo del dueño y a su padre le parecía poco la nieta de la quiosquera. 
Después vinieron otros. Uno que decía que era actor de teatro aunque nunca le vi hacer nada más que de bulto como extra. Un italiano, no tan guapo como dicen que son, que conocí en unas vacaciones en Calella. Y de otros que no me acuerdo ni de sus nombres. Sí que me acuerdo de Ramón porque me llevó a un concierto de jazz y al café Gijón donde había escritores y gente inteligente y al Museo del Prado que es una pasada y al teatro varias veces, y porque me enseñó tantas cosas en la cama y fuera de ella que no podía ni imaginar, y a hablar en voz baja y a escuchar lo que dicen los demás; duró poco, siete meses o así, hasta el día que me dijo que se tenía que ir a una universidad de los Estados Unidos por un curso y que me llamaría cuando volviera; lo echaba de menos porque cada día se pasaba a comprar El País y revistas de intelectuales y a pegar la hebra, que no es por presumir pero yo sé, y por cómo babean los tíos, que estoy bastante buena. Tenía unos cuantos años más que yo y era tranquilo y llevaba con paciencia mi ignorancia; lo admiraba y creo que me había colgado un poco de él; y la colgadura me duró hasta aquella noche en que salí a dar una vuelta con mi amiga Afriquita que me ayudaba, pagándole un dinero, en lo del quiosco, y por tirarme el moco con ella, que es más inculta que yo todavía, la llevé al café del cine Doré, que me había enseñado mi novio, y allí, en una mesa, me lo encontré al muy cabrón con una jovencita que tenía toda la pinta de una pija de su universidad; se hizo el loco como que no me veía pero me acerqué y le dije, en voz bien alta, oye, yo te conozco a ti, me dejé que me follaras  hasta que me aprobaste en el examen de tu asignatura y ahora veo que estás haciendo lo mismo con esta pibita, profe de mierda; se quedó mas cortado que una paraguaya, y volviéndome con el más puro estilo tipo carabanchelero, dije: ¡hala!, Afriquita, vámonos de aquí, que este sitio apesta a un cabrón hijoputa. Estuve moqueando unos días, pero todo se pasa. Ya no quiero ni recordar a los tíos que me he tirado en los últimos tiempos.
Y entonces me lo encontré. A mi Kevin, a mi amor, a mi lucero y sol y luna de mi vida.No existe ningún otro desde que encontré a mi Kevin de mi alma, el hombre que ha cambiado mi vida de verdad,  pero de verdad de verdad.
Mi Kevin hacía de monitor en el centro de mantenimiento de la piscina a la que iba el año pasado para ponerme en forma y pasar en la playa dos semanitas en agosto, que no hay para más por la típica crisis de la que todo el mundo habla, y joder cómo se nota! Enseguida me di cuenta  cómo me miraba el guapazo del Kevin y me quedé prendada de él. Mi Kevin es de Bolivia, tiene cuarenta años, alto guapo de pelo castaño tirando a rubio y los ojos de un gris clarito. Y un cuerpo de ensueño y unos dientes perfectos, y un hablar dulce y meloso que me emboba. Cuando llegó aquí fue hasta boxeador y conductor de una furgona de reparto y ahora monitor de gimnasio. Desde que estamos juntos me río más y me lo paso de puta madre porque me lo da todo en la cama y fuera de ella. Estoy loca por él y ha cambiado mi vida de verdad, pero de verdad. Nos vamos a ir a su país cuando pase el verano. Nos casaremos y viviremos en Sucre o  en La Paz. Con el dinero que me dan por el kiosco y por mi casa y con los dólares que mi amorcito va a sacar de unas casitas y unas finquitas, heredadas de una tía suya  fallecida recién allá en Bolivia, ya tenemos pensado poner un negocio con el que podemos vivir como reyes en un país que ya me encanta sin haberlo visto más que en fotos.
Afriquita, que es una aguafiestas y me tiene una envidia que no puede disimular, no se lo puede ni creer lo que estoy haciendo y me dice que me he vuelto loca y que le da en la nariz que el Kevin no es lo que parece y que tiene algo escondido en la manga. Por eso y por lo pesada que se ha puesto, he tenido con ella una agarrada que casi llegamos a las manos. Y no he vuelto a verla en dos semanas, ni lo pienso, por ahora.
En septiembre estaré feliz en ese país que ya va a ser muy pronto el mío.

miércoles, 7 de junio de 2017

In memoriam de Juan Goytisolo

Descubrí a finales de los 60 del pasado siglo a Juan Goytisolo en un ejemplar de Señas de identidad, editado por Joaquín Mortíz, México, comprado en la caseta 13, la de Lucas, en la Cuesta de Moyano, cuya lectura resultó un desafío y un deslumbramiento, por las innovaciones técnicas y lingüísticas, para el lector convencional que yo era. Después, por razones de profesión y de interés he leído una buena parte de su obra y creo que casi todas sus novelas y narraciones. 
En los manuales de Literatura Española al uso, Juan Goytisolo aparecía como escritor perteneciente a la generación de mediados del siglo XX, pero yo creo que es mucho más: uno de los autores más importantes de este pasado inmediato porque su obra abarca la narrativa larga y corta, el ensayo, la crítica, la teórica, la poesía, el lenguaje como objeto de estudio, colaboraciones en el diario EL PAÍS, y mucho más. Y siempre desde una actitud de novedosa composición y creación en  lo que se refiere al lenguaje.
No se puede separar la actividad y pensamiento de este autor de su postura ética y política, opuesta a la que se vivía oficialmente en la España de la dictadura franquista, y de ahí sus andanzas y exilio voluntario en Francia, Tánger, Estados Unidos y otros jugares, hasta asentarse definitivamente en el marroquí Marrakec. En el discurso leído en la Universidad de Alcalá de Henares con motivo de la entrega del Premio Cervantes de las Letras del 2014, se definió como de “nacionalidad cervantina”, magnífica y literaria metáfora que dice mucho de su condición y talante. Murió el pasado día 4 a los 86 años y está enterrado en el "cementerio español" de Larache en el que le deseo que descanse para siempre a salvo de manoseos y otras maniobras interesadas. Nunca tuve ocasión de estrechar su mano.

Y para acabar este obituario cordial, una anécdota propia. La lectura de Campos de Níjar, un libro de viajes con referencias al paisaje y a la vida durísima de las gentes que lo habitaban en los años 60  y que Goytisolo presentaba con cruda realidad de la que se derivaba una manifiesta crítica social y, consecuentemente política, me llevó, ya en los años 70, a viajar con un coche de segunda mano en compañía de unos amigos, durante los días de la semana santa, por aquellos lugares que aparecen en el libro y que quizás habrían mejorado en algo. El lugar almeriense era por entonces de paisaje árido, desolado y exótico para mí. Nos llegamos hasta el faro del Cabo de Gata y quedamos sobrecogidos a pesar de los años transcurridos desde que Goytisolo los recorrió. Aún no los habían descubierto los genios del espagueti wester y muchísimo menos los de indiana jones y otras películas de universal éxito. En  la actualidad no sé cómo habrá quedado todo aquello pero no me atrevería a repetir la excursión. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Un, dos, tres…

Esta fotografía apareció en la página “Hermanos en el Colegio” de la revista Lyceum[1], que nos expendía el colegio San Antonio de Padua, dirigido por los PP. franciscanos. O.F.M. al que puntualmente acudíamos, es decir, con puntualidad. 
Aquí estamos los “Hermanos M. P.”.

Un, dos, tres… Bien acicalados, posando en orden decreciente en edad y estatura, los cuerpos algo girados y la mirada al frente, en un plano medio corto como exigía el formato de la inexcusable tópica sección revisteril. Repeinados con la bien delineada raya a la izquierda. Manolo y yo vamos de correcta chaqueta oscura, él con corbata (por algo era el mayor), yo no; y Roberto, como más pequeño, viste informal canadiense cerrada con cremallera.

Un, dos, tres… Manolo, gallardo y desafiante con el ¡jeeeh! en su mirada a punto de citar a un morucho en la cerca del “Chapao”, o así. Roberto, el más guapo, inicia un conato de sonrisa socarrona como si estuviera riéndose de nosotros mismos. Y yo, serio y algo ausente, a la expectativa, mirándonos desde fuera, como ya era habitual.

Un, dos, tres… El fondo de la imagen resulta de un color indeterminado, entre gris y azulado. No sé si es original o que el paso del tiempo ha alterado la cartulina ya deteriorada. Reconozco la mano del minucioso autor de los letreros en magenta, sobrescritos muchos años después, que, a modo de rayos fulmíneos, nos amenazan, al calígrafo en la sien y a mí en la oreja, por si hubiera lugar a duda de quién es quién en el juego.

Un, dos,  tres… con nuestras inexcusables orejas desplegadas como marca registrada de autenticidad de la factoría familiar.

 La foto no lleva fecha en el reverso pero sí la identificación del fotógrafo (Márquez. Foto. Cáceres). Por nuestra apariencia, vestimenta y expresión (desafío, expectación y sorna, respectivamente), creo que debió ser publicada en la revista alrededor de 1952/53. Manolo estaría en de 3º de Bachillerato, Roberto en la clase de 4º con el Padre Pedro, y yo, por entonces, entre otras variadas tareas, haciéndome a las armas en 1º de Bachillerato.

Un, dos, tres… al escondite inglés, sin mover ni las manos ni los pies.


[1] Nota del erudito que siempre está eruditando: Lyceum (< gr. Lykeion >cast. Liceo ‘escuela filosófica creada por Aristóteles en el siglo IV a. de C., también llamada escuela de los peripátéticos.
 
 

lunes, 8 de mayo de 2017

Cuadernillo de Notas, 107

Recibo wasap (o “guasapos”) a diario en cantidades que superan mi capacidad de asimilación. La inmensa mayoría proceden de individuos de variados sexos a los que apenas les presté alguna atención en ocasión ya lejana, y que incurrí en el error de proporcionales mi dirección lectrónica. Tales sujetos, organizados en grupos dirigidos por un líder o lideresa, aventan noticias, imágenes, opiniones y autoimágenes de sus apasionantes existencias; estos copiones cada mañana y cada noche despachan a todo semoviente saludos cursis de venida y despedida, imágenes empalagosas descolgadas de la red dando ánimos y consuelos no solicitados, eventos decisivos y otras trascendentales novedades y, casi siempre, ese material procede por arrastre de no sé qué escombrera de colorines pringosos y frases hechas.
Procuro no inmiscuirme, dios me libre, en semejantes intrusiones y las envío a la nada ipso facto, en muchas ocasiones sin llegar a abrirlas: me es suficiente conocer la ralea del o la remitente para deducir el contenido.
Sin caer en contradicción, acudo con regular frecuencia a este breve, rápido, cómodo y eficaz medio, útil para consultar o proporcionar datos, ofrecer alguna solución, fijar una cita, transmitir un deseo, preguntar y contestar, y otras urgencias nada urgentes, y no se me ocurre dar consejos a todo quisque, ni consolar a troche y moche a quienes no son personas de mi poximidad, ni mucho menos catequizar a voleo en nombre de doctrinas políticas, religiosas o gimnástico-deportivas.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Cuadernillo de Notas, 99

Cuando yo era joven hacía fotografías, con una cámara Kodak Instamatic que había en mi casa, para enseñárselas después a todos lo que estuvieran interesados en verlas, ya fueran protagonistas o quisieran curiosear en mi afición. Hacía fotos a todo lo que se dejara, lo mismo me daba  que fueran palacios, conventos, adarves, torres y otros motivos del barrio antiguo de la ciudad, que a mis compañeros y amigos del Preu, posando junto a una fuente o amontonados en un banco de los jardines del paseo intentando leer La Codorniz (“La revista más audaz para el lector más inteligente”) comprada a escote o haciéndole muecas disparatadas al fotógrafo. No quiero decir nada de las reuniones familiares con sus limitaciones y sorpresas…. En las orillas de un río o embalse (yo aún no conocía el mar) aparecían  los fotografiados pescando o bañándose o sorprendidos en situaciones variadas…

Todo esto, y mucho más, me lleva a considerar que hoy las imágenes tiene una función bien distinta, sobrevenida quizás por la generalización impensable años atrás de tantos y tan variados aparatos. Artilugios que lo mismo sirven para hablar, escuchar música, saber si va a llover mañana, reservar localidades para un espectáculo, que para lanzar al universo de internet millones de imágenes de sí mismos, de amigos y enemigo, de gracias, desgracias y obscenidades de cualquier calibre. Parece como si millones de estas personas quisieran convencerse y convencernos de que existen, aunque sea fugazmente, por medio de instantáneas de ellos mismos o de otros y otras. La inmensa mayoría no son aficionados a la fotografía como forma de expresión; no las hacen para conservarlas y, no digamos, para pasarlas a papel fotográfico y guardarlas en un precioso álbum cuidadosamente ordenadas.

En el presente momento me conformo con salir de vez en cuando, siempre acompañado de mi deidad mágica, para fotografiar con una cámara digital un paisaje, un edificio, una flor, alguna persona de mi afecto… Y me siento gradecido y satisfecho.

viernes, 20 de enero de 2017

El soldado (casi) adolescente. Retrato

Posa ante el cajón del fotógrafo procurando que en la instantánea no se trasluzca lo que bulle en su cabeza.
La estética dominante (Carlos Gardel, Fred Astaire, Juan de Orduña, Manuel Luna) en el tango y el cine: pelo liso, con brillantina, pegado al cráneo con fijador. Y una vaga apariencia con el héroe de los carteles patrióticos. Los rasgos proporcionados en su equilibrio le dan un aire atractivo, podría haber pasado por un joven guapo, deportista y estudiante, de la clase media-media de una ciudad provinciana, si no fuera por la camisa de corte militar, bolsillos pegados y trabillas en los hombros. Y el correaje que le cruza el pecho de joven (casi) adolescente certifica su aire marcial.
Fotografía de estudio, tan bien retocada que los retoques apenas se notan. Un buen trabajo del  profesional de la cámara de cajón. Busto de frente en ligero escorzo perfilado hacia la izquierda. Un plano medio corto. Tomada en blanco y negro, se le ha dado un ligero viraje al sepia siguiendo la costumbre de la época. El sepia suaviza los rasgos y resta dramatismo. No hay elementos de fondo que puedan distraer nuestra atención, como conviene a un retrato en el que lo más importante es captar el momento del fotografiado. Esta es la foto que se deja en la cómoda de la sala familiar, junto a otras de los seres más queridos, y entre las manos y el corazón de la sufriente novia sufridora.

Movilizado para ir a una guerra incongruente en su origen, imprevisible en su duración y de secuelas que iban a perdurar más de lo él hubiera podido imaginar y fuera de toda previsión, posa con la seriedad adusta, impropia de sus años, que el momento exige. Por las incertidumbres. Por su familia. Por eso que llaman la patria. Por la justicia. Está a punto de partir. ¿A dónde lo destinarán? ¿Cómo va  a concordar el paso, de repente, de un día para otro, de la placidez de su pueblo a la zozobra en el frente de batalla? ¿Por qué inesperados caminos discurrirá su vida durante un tiempo que Dios sólo sabe?  Es la primera vez que sale de su  entorno sin un destino previsto. Es un soldado y se encontrará con la muerte de cerca ¿Tendrá que matar? ¿Morirá él mismo? Y le afectará el destino incierto de hombres, mujeres y niños, nacidos y por nacer. Mejor no pensar. Lo único que existe es el presente, la camaradería, la acción, la angustia y el sobresalto, los amoríos fugaces y la exaltación momentánea. Y el alivio de sentirse vivo un día más. Y la evasión del sueño. Y el envoltorio con la carta de una desconocida madrina que le mandará, desde un lugar, para él remoto e ignorado, la fotografía de una muchacha sonriente y una bufanda de lana, tejida a mano. Y el miedo controlado y disimulado. Y el frío. Y el ardor del solano. Confía en la Providencia Divina con la esperanza en que todo termine pronto. Por eso lleva, en el bolsillo de la camisa caqui, el “detente, bala” y una estampa de la Virgen patrona de su lugar. Y la foto, recortada, de la novia que se quedó, rezando, allá en el pueblo.
 
Los deterioros y recortes del papel para ajustar el tamaño de la foto a la ocasión y momento de portarlo no son perceptibles a primera vista. Seguir las vicisitudes de este pedazo de cartulina fotográfica quizás podría servir para un Diario de la esperanza o inspirar un relato de ficción, casi un documento de la pequeña historia de un soldado (casi) adolescente.

jueves, 5 de enero de 2017

Reflegsiones sijilosas de Féligs Kattu ante lamenaza de otra nabiDaZ
        
...  si ai algo ke no puedo soportar es ke me saken mal en las fotografías* ai personas a las ke se les deberia proibir, por una lei de mínima exijencia estética, el uso de la kamara, salvo en el caso justificado del autorretrato* la niña de la casa oy está empeñada en fotografiarme desde todos los ángulos i en todas las aktitudes posibles, i no me deja en paz, un verdadero azote...
         la niña es la ija mayor de la familia que decidí tiempo atrás adoptar (en un momento de ofuscazión sin duda) una jovenzita de veinticinco primaveras como dice su padre, aunke nació bajo el signo de kaprikornio, de aspekto yeguarizo, medio mema, ke kree ganarse mi voluntaz con arrumacos i cariñitos empalagosos, palabritas estúpidas i otros recursos igualmente irrelevantes.

         está idiotizada por una manía compulsiva que la lleva a desear todo lo ke ve en otras personas umanas, o en la pekeña pantalla mental ke tiene asta en su cuarto, ya se lo dice su abuela: culo veo, culo quiero... el ke yo viva akí es el resultado de uno de sus raptos antojadizos: le da lo mismo un Kaballo para pasear por la Kasa de Kampo ke un Ático de doszientos metros en las Vistillas, no importa ke jamás aya practicado el arte de la ekitación o ke su trabajo se lo remuneren con un miserable estipendio* ella es el paradigma de los que han sustituido lo ke no saben ke son -el No Ser- por lo ke no tienen -el No Tener-, i se pasa la vida an-elándolo todo: un producto de los tiempos ke corren...
 a-ora, como está prógsima la naviDaz, se a en-perrado en agenciarse un cánido de esos de marca egsótica, que no me imagino dónde lo va a aposentar, porke aquí ya no cabemos: cada cual tiene su espazio vital bien definido i no se toleran interferencias i, además, YÓ no lo permitiría si no es por enzima de mi cadáver: kreo ke ya se abrán perkatado de kién manda en esta kasa* espero, por mi bien, ke todo se kede en agua de borrajas o, en kaso contrario, me vería obligado a tomar una decisión drástica...
      
         ... la niña tiene un hermano, el jerOmín, que le va a la zaga en el cociente de inteligencia abstracta, que a sus veintidós años aún se empeña en llegar a la uniVersidad. No me explico tan insensato capricho en sujeto ignaro y botarate en grado super...
          entre sus compañeros de los PP escolaPios primero fue Jeromo el gOrdO y después Jeromo el cabezÓn. En la academia de preparación para la selectividad es simplemente Jerónimo Gabucio Hontanares, el guapito del grupo B de la tarde: cree ser un adonis redivivo, encarnado en las hechuras de un cantante de rock galaico de pétreo tupé y arete en el lóbulo: una verdadera prenda...
         en lo que supera con creces a la hermana es en su repudio al esfuerzo continuado: distribuye su ocio vital en actividades diversas, {gracias a una beca concedida y renovada sine die por sus padres} tales como los juegos de vídeoKonsola — creo que así se denominan —, navegar por la reD y practicar hasta las tantas de la madrugada eso que ahora la gente común llama chatear con un barbarismo de insoportable plebeyez...
         sus pretensiones artísticas están respaldadas por cuatro engendros mal concertados que intenta hacer pasar por una muestra de audaz vanguardia teatral, como el intitulado Aquí no fuma ni diÓs, cuya virtud más apreciable radica en su escasa duración, unos siete minutos, y un par de composiciones melódicas absolutamente faltas de melodía y sobradas de estridente percusión. En sus cortos cinematográficos prefiero no pensar porque en ello me he visto involucrado, El gato con botas fumando, bien que en contra de mi voluntad. Qué bochorno...
         la estupidez de jeRomo no descansa ni siquiera durante sus perpetuas vacaciones: si su hermana se dirige a mí con el original apelativo de misho-misho, él me moteja, en un alarde de ingenio, unas veces como des-cartes, supongo que por mi tendencia a la reflexión [si a él le aplicáramos el cógito ergo sum del pensador de Turena, para constatar su existencia habría que recurrir a un fotomatón], y mi absoluto desconocimiento del manejo de los naipes, y otras veces, con pretensión ofensiva, como kan(t) , y me ladra,  lo que viene a confirmar que el majadero más molesto es el que se cree muy ocurrente...
         en sus juicios de inmadura persona humana siempre achaca el éxito de los demás a la buena suerte, nunca al trabajo o a la destreza que ello pueda suponer, y así, espera que el azar o una herencia anticipada a fondo perdido le venga a solucionar sus contrariedades...

         un tío suyo resume la educación que han recibido estos mostrencos con un juicio categórico: aniZeto, a estos hijos tuyos les falta más de un hervor...
         
         tampoco yo soy un buen ejemplo para los jóvenes ya que paso la mayor parte del día dormitando con suave ronroneo en un sofá, y de ahí a mi sillón preferido, que me encalambrino si alguien osa usurpármelo...
         a veces dedico un largo rato a mirar con nostalgia por la ventana el ir y venir de los pájaros. Si me aburro en exceso, circunstancia que me sobreviene con frecuencia, me tumbo en cualquier cama a meditar sobre mi destino.
          yO, que lo contemplo todo desde mi ático distanciamiento silencioso, he llegado a la conclusión, después de observar con minuciosidad de entomólogo a algunos miembros rústicos de este clan expandido, de que son portadores de algún gEn sintomático que se manifiesta en rasgos inequívocamente regresivos: dientes pequeños y encías muy anchas, protrusión del globo ocular, acusado pliegue palpebral, cabeza paralepipédica y, entre los cachorros, atraso en el uso del lenguaje articulado —algunos de ellos, según tengo oído, emitieron sus primeros balbuceos inteligibles a los cuatro años— y esto no lo pienso sólo porque las pequeñas personas me resulten en general insoportables [alguien que odia a los perros y a los niños no puede ser del todo malo, que decía Leo Rosten] sino también  porque a su imbecilidad congénita hay que añadir el que son feos y vulgares, y porque su presencia supone una grave alteración de mis hábitos metódicos y de mi plácida concentración reflexiva...

          y tan sólo una anécdota como muestra: la AhijAdA, una nínfula de siete años y sobrina favorita, con perenne e irrefrenable tendencia al protagonismo desde que doña Cloti la sostuvo en brazos mientras recibía las benditas aguas de cristianar, se empeñó en darme el último week-end, además de señalarme como blanco de sus negras intenciones e imponer sus preferencias televisivas, hecho que me supuso el enclaustramiento forzado en mi recámara [cuando algo me conturba, me encierro en mí mismo y, ad pedem literae, en el armario de mamá Cloti y allí me puedo pasar jornadas enteras sin salir a no ser, aprovechando el sigilo de la madrugada, para alimentarme frugalmente y dar evacuación a los subproductos escretables], y continúo mi relato,  cuando se embutió una cena como para hacer llorar a cualquiera que apreciara, no ya la “nouvelle cuisine” sino su mero paladar, consistente en amontonar galletas de coco- pepinillos en vinagre-un plato de patatas chips con quechup-un puñado de altramuces-y más galletas de coco, regada con abundante persicola de litro porque no se disponía de coca, que surtió su efecto a las tantas de la madrugada, provocando que toda la familia, salvo este servidor y el jerOmo, se viera implicada en el baldeo de vómitos y mudanza de sábanas y edredones pringados de heces semilíquidas hasta que llegó el médico de urgencias, empacho o gastroenteritis según el diagnóstico del facultativo, un genuino lince con licencia para prescribir el remedio salomónico del primperán y la dieta blanda, a buenas horas mangas verdes, cuando ya había pasado lo más aparatoso de la borrasca... Qué noche, por diós. Y así mil casos… Ya me dirán ustedes si no estoy cargado de razón para hacer lo que hago...

          consternado me hallo ante la perspectiva de pasar tres días con sus TRES noches confinado en un lugar de la alcarria, de cuyo nombre bien que me acuerdo aunque no quisiera, rodeado de cretinos zafios y vociferantes, de edades y sexos variados pero igualmente estultos, que, con el pretexto del Nacimiento del niÑo dioS, incurren en extremados excesos en la comida y la bebida, por no hablar de los villancicos perpetrados a voz en grito con el acompañamiento de utensilios de origen imprevisible, tañidos, pulsados y percutidos con un entusiasmo, para mí, inexplicable...
          sospecho que esta horda, para conseguir que yo los acompañe a este destierro, recurrirá, como en otras ocasiones, a la violencia psíquica e incluso física...
         mirando a mi alrededor tengo la impresión de que he nacido en una época que no es la mía...
          quizás hubiera sido más feliz en el paRís dieciochesco, con sus escandalosas fiestas palaciegas, siempre en brazos de damas de hermosura desvergonzada y de caballeros empolvados, o tal vez, libre y dichoso, en un cottage de la campiña británica durante los happy twenty, acompañando en su elegante aburrimiento a una lady anciana que me hubiera tenido como a un príncipe y quién sabe si no hubiera terminado siendo su heredero...
          sueño a veces con el egipto faraónico en el que mi persona, divinizada, hubiera sido motivo de reverencia, los artistas me habrían inmortalizado y los arqueólogos de la posteridad, una vez mi cuerpo momificado, habrían elucubrado sobre mÍ alguna ocurrente teoría:  en fin, la fama trascendiendo al tiempo...
         sin embargo estoy atrapado en este bucle de vida trivial en el que soy objeto de fastidiosas sesiones fotográficas, manoseos no solicitados, viajes ingratos y, en el culmen de mi desgracia, he sido víctima de mutilaciones que me han reducido a la mitad de lo que debiera ser: el muy cabrón del aniCeto decidió un mal día, con engaño alevoso y la ayuda de algún potente somnífero, internarme en una clínica de la que salí in[capa]cita[do] per secula seculorum para el disfrute de una de las experiencias más apasionantes —la única, según Budi Alen— de la egsistenzia...
          a esta intervención innombrable debo mi aspecto orondo y predisposición a la obesidad, mi condición quisquillosa y, si estuviera calvo, dios no lo permita, un aire cardenalicio y eunucoide...
         es algo que nunca le perdonaré a este mequetrefe ordinario hasta la náusea, cuya habilidad más destacada se ha materializado en la torre eiFel que preside el salón de la casa que poseen en el pueblo, fabricada por él con palitos de chupachús, y cuyo sentido del humor se evidencia en la demostración de que es capaz de comer con la boca abierta y expeler ruidosas ventosidades por el ano y reír su propia gracia, todo al mismo tiempo. Si a esto se añade un vocabulario exiguo, la mitad de él términos malsonantes y sonidos inarticulados, obtendríamos un retrato aproximado, por defecto, del dueño de la casa. De su dedicación al trabajo basta decir que es funcionario de un minisTerio fantasma...

          a este pánfilo aturdido le sirve como complemento una doña ClotiLde, hija de un destripaterrones de medio pelo que acertó a adherirse, con su camisa azul nueva, al bando de los vencedores de una gueRRa, y que al morirse de un ataque de hipo, tras embaular, por una apuesta, treinta y tres huevos fritos con morcilla, litro y medio de vino y una fuente para seis de arroz con leche, le dejó, junto con unas tierras de aceite y viñas, una estólida formación en las filas de la Sección-femeninA que le sirvió para que, siguiendo los recovecos del chanchulleo de la época –“para esto hemos ganado la guerra”, decía el camisa nueva-, obtuviera, por la cara, una plaza de profesora de gimnasia en un Instituto Nacional femenino...
         doña CoLoti es en el presente una mujer resignada al papel de madre prendada de su jerOmín y abastecedora de la intendencia de todos nosotros (he conseguido que me sirva el mejor jamón de york del mercado), que tan sólo parece animarse cuando habla de las mejoras que se ha infligido en el físico —retoque en el tabique nasal, reducción quirúrgica de la miopía para prescindir de las gafas, y ahora piensa en la sotabarba y rellenar, hilo de oro, un poquito los labios— o cuando se asombra, con su punta de envidia, de cómo sus compañeras del Centro (así es como llama al Instituto) que no la avisan cuando se van a cenar por ahí, y puedan lucir la ropa de marca que llevan...
         sin-embargo es a mariCloti a kien más aprezio por el respeto con ke me trata i porke casi no me atosiga...

           la vida es una de las cosas más raras del mundo porke la mayor parte de la jente casi nunca llega a enterarse si de verdad egsisten...

         esta es mi familia, i si no me gusta no tengo otra mejor, in-abilitado como me veo para la prokreación de una propia...

          si la tubiera tampoko los abandonaría*
         ké ibanazer ellos sin mí!?... ...  
         i menos en nabidaZ* 
                           ÆZzzZZÆZzzz*
 
         ajj, si yO pudiera ablar* pero en-fin, Nadies Perfezto
                           Æ ÆzzzzzzZZ